LOS COLONOS DE CHICORALITO

LEOPOLDINA ROSERO DE PARRA

93 AÑOS

¿En qué año llegó usted al territorio? ¿De qué lugar vienen?

Yo llegué en 1961 con mi esposo y 11 hijos; venimos de Peñas Negras, Santander de Quilichao, luego llegamos a Cali y de ahí nos vinimos para acá. Esto no era sino monte; cuando nos metimos fue una colonia de muchas familias que estaban volteando por ahí.

¿Cuál fue su rol como mujer dentro de la colonia?

Había bastantes mujeres y creamos un grupo, hicimos un cultivo de piña, fríjol y zapallo, trabajamos la tierra; nos levantábamos a las cuatro de la mañana, poníamos entre todos la remesita, hacíamos las arepas para entregarle a las familias y el almuerzo. Trabajamos en comunión, hacíamos una olla grande para repartir a todo el mundo, existía una cocina comunitaria y cuando salían de trabajar los demás iban allí todos a traer la comida para la familia. Cuidábamos los niños, porque todos los hijos de las señoras que se iban a trabajar temprano la tierra llegaban aquí, y nosotras primero teníamos que atender a los niños, preparar los alimentos y luego nos íbamos a trabajar.
Esto fue una lucha muy bonita; sufrimos pero conseguimos lo que queríamos, y digo que sufrimos porque a veces no había comida suficiente, ni ropa, no había cobijas para arropar bien a los niños, y esto era muy frío.

Luego hicimos un lugar que se llamaba la comuna, con una cancha de fútbol para que la juventud tuviera donde divertirse y fritanga; en diciembre hacíamos fiesticas con bastante comida; aquí no éramos muy bailarines pero hacíamos muchas misas, venía algún padre a veces pero también habían compañeras que sabían rezar, y nos encomendamos a Dios, el único que nos ayudó en esta lucha, Él nos defendió.

También teníamos un trapiche para hacer panela y repartir a los compañeros; las que quedaba se vendían, era una forma de sobrevivir. Yo recuerdo mucho a mis compañeras de esa época, trabajamos muy bonito, nos apoyamos las unas a las otras, celebramos cada año el aniversario; pero con el tiempo nos fuimos desintegrando.

¿Qué cultivos tenían? ¿Qué especies de animales existían en la zona?

Lo que más se daba era fríjol, caña, maíz, piña y guayabos; ahora ya no hay nada de eso. Cuando llegamos había muchos animales, el perro de monte, las chuchas, muchos
cusumbos, tigrillos, y había martejas parecidas a los micos, abundaban mucho.

¿Cómo era la vida en familia y la forma de organizarse?

Mi esposo estaba muy joven y él tenía que luchar con los otros compañeros defendiendo lo que estábamos haciendo, porque la ley nos tumbaba los ranchos, botaban la comida, nuestros hijos tenían que hacer vigilancia, había unos en la mitad del monte, otros vigilaban para cuando llegara la policía, nosotras hacíamos la comida, cuidábamos los niños pequeños y trabajamos la tierra.
Existía una junta directiva conformada por los más intelectuales, teníamos una tienda que era de la comunidad y la ganancia era para todos, para un fondo para poder ayudar a los enfermos. Era muy bonito trabajar en familia y en comunidad, todos los días había algo por hacer: nos íbamos para la finca de un compañero, al otro día íbamos a la de otro y así, para ayudar a organizar, hasta que fuimos avanzando, todo se hacía más fácil porque era entre todos. Pero con el tiempo todo se fue desintegrando.

ANTONIO MARÍA ASTAIZA

84 AÑOS

¿En qué año llegó usted al territorio? ¿De dónde vienen?

Yo llegué en el año de 1972, en un mes de marzo. Vivía en El Palmar, cerca de aquí. Lo que pasa es que la lucha comenzó en Chicoral, allá fue la primera toma, luego en Zaragoza; y como estos predios también eran montaña, se necesitaba bastante gente, sobre todo personas que estuvieran jornaleando por ahí y que no tuvieran tierra.

¿Cuál fue su rol como hombre dentro de la colonia?

Nosotros estábamos muy bien organizados, teníamos un líder que nos enseñaba cómo debíamos trabajar, nos organizaron dándonos unas pautas, explicándonos cómo era la situación y la importancia de trabajar siempre en grupos. Como hombres debíamos trabajar en diferentes predios, se formaban grupos de 10 y 12. Comenzamos a tumbar montaña y hacíamos cambuches para poder defendernos con nuestras familias de la lluvia, y ahí nos quedábamos.
Nos dividimos los predios en parcelas, algunas eran más grandes y otras más pequeñas; teníamos que abrir un predio por el norte, otros metros por el oriente y occidente; cuando se hacía la entrega de la parcela, la persona ya cubría todo lo que hubiera trabajado. Algunos líderes del sindicato en Cali se dieron cuenta de esta situación, vinieron compañeros de los sindicatos y nos orientaban sobre muchas cosas; anunciaron intervención del gobierno, nos hablaron de la reforma agraria que nos ayudaría a solucionar este problema.

Nosotros también, debíamos estar al frente cuando intervino el ejército: llegaron a los predios para desalojarnos, no querían que tomáramos estas tierras, y nosotros aceptamos algunas cosas, porque sabíamos que no se iban a quedar aquí. Después la policía de Bitaco subía y nos dañaba los cultivos, porque defendían esto a nivel personal sin considerar la situación; lo primero que hicieron fue arrancarnos las primeras cosas que empezamos a sembrar, nos quemaban los ranchitos y los cambuches con el fin de que nos aburriéramos, pero nosotros nos quedamos, pero nunca nos enfrentamos a los golpes; esto duró más o menos 10 años. Llegó una persona que nos dijo que ya no nos podía sacar de aquí, porque esto ya había trascendido a un problema social, ya no era cuestión de una sola persona sino de muchas familias.

¿Qué podría sugerir a la comunidad de la actualidad para trabajar en equipo?

Yo soñaba un Chicoralito donde todos tuvieran su parcela y pudieran formar su familia aquí y conservar esto como una joya que costó tanta lucha, tanto sacrificio, tanto trabajo; toda esta lucha valió la pena a pesar de las dificultades, así haya habido división entre nosotros. Pero aquí las familias, cómo le digo, la mayor parte se fue para la ciudad porque no fueron capaces de cultivar, las parcelas fueron desapareciendo; como era antes la gente vivía enamorada. Fundadores ya vemos muy poquitos, como 8 familias, muchos vendieron y los demás murieron. Yo esto no lo cambio por nada, yo no pienso vender a estas alturas, aquí me quedo, porque uno sale de la tierra y la plata es la que menos dura en el bolsillo; yo digo que por más bien que uno venda un predio no es igual que conservar la tierra, porque a uno le dan una cantidad de millones y si no sabe manejar la plata, en poquito tiempo se acabó, mientras que la tierra siempre permanece ahí; yo puedo irme y volver y la tierra queda, la tierra nos brinda de todo, es la vida mía la tierra, porque si no siembro una cosa siembro la otra y si no siembro yo, siembra otra persona, y de cualquier manera siempre produce, solamente se necesita voluntad, afecto, y reconocer que la lucha tuvo un precio caro y que ese precio no podemos cambiarlo por unos cuatro pesos, como nos decían antes, que no debíamos prestarle atención a los enfrentamientos ni de lucha ni de palabra sino valorar la toma de la tierra que nos costó mucho. Debemos tener mucho sentido de pertenencia, muchas personas con sabiduría que se convenzan de que la tierra no tiene cambio por alguna cosa, tener la tierra es tener la bendición de Dios, la bendición de la fuerza, la bendición del sacrificio. Yo me siento orgulloso de haber pasado toda mi vida aquí, sosteniendo mi parcela, así no tenga una producción que me haga rico. Tengo un escampadero donde me puedo sentar, donde me puedo acostar a cualquier hora y nadie me molesta, esta es la riqueza mía.

Entrevistadora: Carolina Ortiz Flórez, asesora comunitaria de la Fundación Agrícola Himalaya.

 

 

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